Informe

Yoyo Cavallero, la increíble historia del hombre que no dejó rastro

22:47 06/12/2019 | Fue clave en el arranque de la Liga Nacional por su relación con León Najnudel. En 1993 desapareció y nunca más se supo nada de él.

Foto Revista Encestando
José María Felix Cavallero. Yoyo para todo el mundo del básquetbol. Fue uno de los que ayudó a crear la Liga Nacional, cuyo liderazgo indiscutido asumió León Najnudel, su amigo.
 
Deporte. Básquetbol. Reunión de multitudes. Ámbito de historia. La dinámica propia del juego que imprime un montón de individualidades. Los destinos, diversos, se cruzan. Entre muchos, José María Félix Cavallero, Yoyo, aparece con su ausencia. Su cuerpo transitó y fue heredero de la historia misma. La caminó hasta el hartazgo, en definitiva, la escribió. Un día dejó de estar, de ser activo participante. Mientras, todos siguen hablando de él. 
 
Polémico, apasionado, trotamundos, bohemio, noctámbulo, desconcertante, precursor. Matices y palabras que se escuchan de la boca de gente que alguna vez estuvo alrededor de José María Félix Cavallero. Características entrecruzadas con su actividad deportiva ligada al básquetbol y que han hecho de su persona, un personaje. Ante la realidad de que sigue desaparecido -“no hay constancias de su muerte”, afirmaba el fallecido periodista Osvaldo Ricardo Orcasitas-  y que nunca más se supo de él, es necesario desenmascarar al personaje al activar la trama de sujetos y relaciones que giraron a su alrededor. Entran en juego rasgos de diversa índole en la vida de Cavallero: culturales, deportivos y políticos. “La vida del Yoyo, como se lo apodaba, es muy rica en detalles”, bien dice el exjugador y actual periodista rosarino Armando Cisneros, quien intimó con él mucho en la última etapa.
 
Desapareció el 28 de febrero de 1993, a los 60 años. Dejó sus pertenencias (vestimenta, apuntes, medicación personal) en el hotel Trento, de La Banda, en la provincia de Santiago del Estero. Estando en plena acción. Mientras competía en la segunda categoría del básquetbol argentino (TNA), encargado de la dirección técnica del club Olímpico de La Banda. Cavallero fue jugador de básquetbol y luego siguió ligado al deporte como técnico. “Vivía para y por el básquetbol, siempre con una mirada y actitud dirigencial, preocupado por mejorar la estructura del deporte. Le dedicaba las veinticuatro horas del día a lo suyo”, sintetiza Luis Martínez, expresidente de la Asociación de Entrenadores al hablar de la forma con que encaraba Cavallero su labor.
 
Estuvo cerca del equipo argentino campeón del mundo en 1950, fue el primero en pisar Europa para dirigir y fue uno de los pilares fundamentales en la génesis de la Liga Nacional de Básquetbol. Emilio Gutiérrez, sociólogo  y profesor de educación física, manifiesta que fue uno de los que sufrió el revés político ocasionado por la Revolución Libertadora, que arrancó de cuajo la época de oro del deporte. Fue parte del grupo de jugadores sancionado en 1956/57 sentenciando a la muerte a una generación basquetbolística. Y casualmente fue el único que resultó dos veces vedado (por estar ligado al equipo de la Selección Universitaria y al Racing Club de la época), pero nunca suspendido.
 
La excusa para declararlos profesionales fue que en teoría resultaron beneficiados económicamente. Indirectamente obtuvieron ganancias tras diferentes competencias deportivas. Se “beneficiaron” con la importación de automóviles y mercadería diversa. A pesar de esto, Cavallero se calzó el buzo de técnico al ejercer la profesión de entrenador y se mantuvo vigente y se insertó en diferentes épocas del básquetbol hasta 1993. Fue fiel a sus palabras y alguna vez dijo luego de su paso algo frustrado por España: “Como el baloncesto es parte de mi vida, seguiré metido en él”.
 
Lentamente se convertiría no sólo en un mero coach, al preocuparse integralmente del jugador, educándolo física, técnica, psíquica y socialmente, sino que, como manifiesta Cisneros, pasaría a ser “todo un investigador, un riguroso revisionista de cada aspecto del ataque y la defensa, fijándose jugador por jugador para que el equipo mejore”. 
 
Para descubrir el origen de lo sucedido es necesario trazar una línea de tiempo a partir del día de su desaparición. Y desde ese lugar realizar una proyección hacia varios aspectos de la vida de Cavallero. Volviendo a Martínez: “Cavallero es de esas personas del básquetbol que en las charlas de café, al remitirse a su figura, al reaparecer alguna anécdota, se habla de él en presente, como si estuviera acá”. Roberto Eduardo Vozza, periodista santiagueño, colabora en hacerlo aún más presente: “Lo que recuerdo de él era su presencia física que semejaba a un yanqui… rubio, de anteojos, pelo semiblanco y su forma de caminar, medio bamboleante, al estilo de los norteamericanos, era medio soberbión, la actitud del tipo que cuando vos venías, él ya estaba de vuelta”. Cisneros ironiza sobre su físico: “No era uno más, medía un metro noventa, su caminar al bajar las escaleras se parecía al de un alcohólico”.
 
Los bares eran el lugar de encuentro regular donde varios hombres se juntaban a conversar sobre el deporte para mejorarlo. Como hombre relacionado con el básquetbol era “un verdadero profesional, que no hacía amistad con los jugadores, muy rígido, que no daba concesiones; de su vida privada lo que puedo decir es que era un misterio, estaba encapsulada”, dice el exentrenador Armando Grynberg. Yoyo era un analista de lo deportivo y de su sociedad, te decía: “Si querés saber cómo es una sociedad, andá a los restaurantes, a los bares, hablá con los mozos, que se relacionan con muchos y miran desde el lado del pueblo”. Una síntesis de su “metodología mundana”, que cuenta otro director técnico, Horacio Juan Segui, otro nombre fuertemente ligado al nacimiento de la Liga Nacional. Sin dudas, era alguien muy particular en sus acciones y dichos: “Mire, yo no acostumbro a hacer contratos; si me van a pagar, me pagarán y si no, dejarán de hacerlo”.
 
Seguí es protagonista de una fugaz aparición que tuvo Cavallero luego de desaparecer, en uno de los lugares que frecuentaba, el clásico restaurante Pippo de Buenos Aires: “Hace muchos años fui a comer con mi hija a Pippo y los mozos, cuando me vieron entrar, me comentaron que había estado Yoyo, algo desprolijo y sucio. Ellos le dieron de comer y después se volvió a ir”. 
 
En la época en que desapareció debía ratificar su continuidad al mando de la dirección técnica en el marco del Proyecto Alfa Omega del básquetbol santiagueño. Cisneros, heredero de medallas y fotos de Yoyo, hace referencia a cómo recaló en Santiago del Estero. “Un tipo orgulloso, siempre solo, que no dependía de nadie. Pero recuerdo que la muerte de su madre hizo un clic en su persona, medio que se abandonó. Le sale la posibilidad de irse a Santiago del Estero, yo lo presioné para que vaya y se fue”. Era una iniciativa ambiciosa, pero que sufrió la falta de apoyo oficial. Otro de los integrantes del proyecto era el ingeniero Mario Medina. Según Pupi Vozza, “creo que su debacle anímica sobrevino al fracasar aquella iniciativa que emprendió con Yoyo”. Tenía entre sus jugadores líderes a Miguel Cortijo, que tiempo después de la desaparición dio una entrevista a la revista especializada Solo Básquet. Haciendo mención de los problemas económicos y de funcionamiento deportivo, el hostigamiento del periodismo y las versiones de que los jugadores habían echado a Cavallero, sostiene: “Cuando se fue Cavallero, dijeron que los jugadores lo habíamos echado, y Yoyo desapareció de un día para el otro sin avisarnos”.
 
Cavallero era considerado una eminencia para el básquetbol santiagueño, más precisamente se lo llamaba (sin serlo) “El Profesor Cavallero”, afirmaba Osvaldo Orcasitas. Con sus conocimientos, estableció una reestructuración del básquetbol. “Quiso discutir ideas sobre cómo mejorar el básquetbol que se venía en picada. Pocos respondieron. Resolvió que había que comenzar de abajo”, dirá Ángel Romero, periodista santiagueño, en el informe “Desaparecido” para el diario El Liberal de Santiago del Estero tiempo después de su desaparición.
 
Así, Cavallero impulsó el perfeccionamiento de técnicos y jueces. Para la jerarquización de la actividad. Ordenó el minibásquet (la cantera del deporte) y pronto vinieron algunos éxitos deportivos rutilantes. En este espectro concentraba sus esfuerzos para que el jugador potenciara su técnica a partir del trabajo en los fundamentos (pase, tiro, pique, defensa). Y no tenía tapujos para marcarle a un jugador sus defectos. Orcasitas recordaba una anécdota de su paso por Unión de Santa Fe: “Yoyo llega a la práctica un día con un billete de un dólar. Todos los jugadores sorprendidos. A ver nene vos vení, le dice a uno, tu dribbling es como este billete (y se lo rompe en la cara). No sirve para nada”. Chocante, directo y sincero: cualidades de Cavallero.
 
Tenía muy presente que el deporte lo hacían y pasaba fundamentalmente por los jugadores, que con ellos nace y en ellos concluye y que por lo tanto eran el objetivo clave de todas las decisiones. “Pueden juntar a los diez mejores periodistas, los mejores diez dirigentes, los mejores diez entrenadores y los mejores diez árbitros del mundo que no hay básquetbol. Pero aunque sean los peores diez jugadores, sin árbitros, ni periodistas, ni dirigentes, ni entrenadores, ya hay juego. ¿Está claro?” Para Yoyo el jugador era todo, no sólo el que jugaba los partidos y tiraba al aro, sino también la representación más cabal del básquetbol.
 
Otro lugar que fue testigo de su paso rutilante y donde dejó una marca fue en Cañada de Gómez. Emilio Gutiérrez dice que los que mejor pueden hablar de los técnicos, los que más información tienen, son los jugadores.  Marcelo De la Fuente cuenta su paso por Cañada y su experiencia personal junto a Cavallero,  que lo pasaba a buscar para entrenarlo todas las mañanas. “Todos los días me pasaba a buscar por mi casa y me llevaba a entrenar a mí solo. Yo era el base y él decía que el base era la madre del equipo y que debía estar siempre bien para atender al equipo. Después insistía mucho con lo del entrenamiento invisible. Comer bien, dormir bien, no salir… Llegó a Cañada cuando solo había existido el básquetbol regional. Era todo un desafío la Liga Nacional. El tenía todos los contactos en todos lados. Decía cómo debía viajar el equipo, cuándo, qué había que comer. Hoy está todo segmentado: está el nutricionista, el jefe de equipo, etc. Siempre les hablo de él a mis jugadores. Fue una fuente de inspiración para mi”.
 
La gente allegada coincide en que Cavallero era de desaparecer y que en cualquier momento estaba dispuesto a irse. “Siempre llevaba en el bolsillo de su camisa un peine y un cepillo de dientes, andaba con su equipaje por todos lados listo para irse”, dice Martínez. “El Yoyo a unos les decía que se iba a Córdoba, a otros a Comodoro Rivadavia y capaz que se quedaba en su casa”, concluye Seguí. Orcasitas relataba una de sus desapariciones más recordadas, pero corta, cuando estaba trabajando en Cañada de Gómez. “De viaje por Buenos Aires, luego de cenar con el grupo,  se detuvo a comprar una revista en un quiosco. Al otro día sus compañeros encontraron una nota en la recepción del hotel: ‘Me fui a Cañada, llévenme el bolso’…”. Al llegar a Cañada, las palabras de Yoyo fueron simplemente: ‘¿Me trajeron el bolso?’, sin dar ninguna explicación”. Si el básquetbol es uno de los deportes que sigue la dinámica de lo impensado donde todo se puede resolver en una milésima de segundo y el fin es muchas veces inesperado, Cavallero es fiel exponente, representante de esto en su forma de vida.
 
El mismo Orcasitas contaba otra historia que causó mucho más revuelo. “Un verano en que debía retomar la conducción técnica de Cañada, la dirigencia lo estaba buscando por cielo y tierra. Ante su ausencia prolongada, optó por conseguir otro técnico. El elegido fue León Najnudel, que había terminado su relación con la Confederación Argentina de Básquetbol al frente de la Selección Nacional. Yoyo y León no sólo se conocían, sino que eran muy amigos. Después de la contratación, Cavallero reapareció y esbozó duras críticas a León en una radio. Tras el incidente, se quebró la relación entre los dos”. Compartían sus vidas y una manera de ver el básquetbol. “Mientras que la gente de su época comprendía la actividad deportiva de manera part-time (su segunda actividad después de ser abogados, bancarios, médicos, etc.), ellos le dedicaban su día completo al básquetbol. Cavallero vivió en la casa de la familia Najnudel de la calle Thames  (era padrino de Iván Najnudel, segundo hijo de León), se separaban para dirigir sus respectivos clubes y luego se volvían a ver para seguir conversando sobre básquetbol”, dice Emilio Gutiérrez.
 
Según Grynberg, si hay algo en lo que coincidían los dos era en su actitud dirigencial, que iba más allá del mero entrenador. Ponían el ojo en la mejor manera de organizar el básquetbol, hacerlo más federal y menos concentrado. Así Cavallero, el primero en estar por Europa, dirigió, viajó y analizó la Liga de España, punto de partida para que León la pudiera organizar y adaptar en la Argentina. Cavallero, por decisión propia, pasaría a un segundo plano. Algunos creen que fue un fundador olvidado y que quien hizo el desarrollo fundamental fue Najnudel. Pero Cavallero fue el primer nombre propio que mencionó León el día del lanzamiento de la Liga, el 17 de septiembre de 1982. Palabras que alguna vez Yoyo dijo para la revista Encestando, resumiendo el proceso de gestación de La Liga: “La idea de crear una Liga Nacional la traje de España. La afinamos con León Najnudel y él se encargó de luchar por imponerla por espacio de quince años, peleando con todo y contra todos”.
 
“Al borrarse del imaginario popular el período glorioso del básquetbol, los jugadores no podían competir. Hubo que comenzar de cero. Yoyo tuvo siempre el interés y la necesidad de que el básquetbol volviera a los primeros planos. No se aspiraba a salir campeón de barrio o metropolitano, sino a ser campeón mundial. Generar un embudo cuyo objetivo único era desarrollar nuevamente una Selección Nacional. Así León y Yoyo encontraron en el otro su compañero de ruta en el básquetbol”, Grynberg da este panorama de la relación Cavallero-Najnudel y cómo unieron fuerzas para el bien del básquetbol. “Eran carne y uña”, manifiesta Cisneros.
 
Apostando a la federalización del deporte y resistiendo ante dirigentes que renegaban por un cambio porque iba en contra de sus intereses individuales, Yoyo se la pasó viajando, conociendo sobre básquetbol, con su destino final en Santiago del Estero. El cruce que se generaba en la figura de Yoyo lo ubicaba en dos antípodas muy enfrentadas: su vida deportiva y su vida social. En relación a la segunda, siendo un gran solterón y amante de la libertad, se puede afirmar que era un hombre de la noche y muy conocedor de la misma, a tal punto que en Santiago, todas las mañanas representaba un personaje radial de chimentos, “La Chimentera Tía María”. Una especie de Jorge Rial. Sin guardar reserva, decía a qué jugador se lo había visto por la noche, las cosas que habían sucedido, etc. Se creyó que su desaparición era una más de las tantas que lo caracterizaban. Inclusive sus familiares no atinaron a hacer ningún tipo de denuncia porque pensaban que iba a volver, pero todavía continúa desaparecido.
 
Orcasitas recordaba cómo Najnudel movió cielo y tierra para encontrarlo. Para poder ubicarlo, Cisneros comenta que hasta se contrató un detective y hasta se llegó a Ramón Hernández, secretario privado del expresidente Carlos  Menem en la época de la desaparición. Durante un tiempo se pasaron avisos de paradero durante los partidos de básquetbol. Se lo quería ubicar a través del programa “Gente que busca gente”, pero sus hermanas se negaron. Una comitiva viajó a Chilecito, en La Rioja, tras la noticia de que estaba allí. Alguno, incluso, creyó verlo conduciendo un auto. Pero fueron más las ganas, las intenciones de verlo. Se trató de una ilusión. “Cavallero no manejaba”, decía Orcasitas. 
 
En una minuciosa requisa en la habitación del hotel en La Banda se encontraron prospectos de medicamentos para el Mal del Parkinson. “Se habrá sentido enfermo, con una dolencia irreversible y ello precipitó su desaparición. Pero lo cierto es que se lo tragó la tierra. Hasta dejó a su novia Toti”, dice Vozza.  Muchas ganas de encontrarlo y pocas certezas. Armando Cisneros, que vive en Rosario, lo siguió buscando junto al sobrino de Yoyo. “Yo continúo esperando que aparezca, nunca perdimos la esperanza. Estoy esperando que algún día vuelva”.
 
El pasado y el presente se confunden constantemente en una persona que desaparece y nunca más se sabe de él, todavía más si dejó demasiadas marcas por donde transitó. Está siempre latente, dando vueltas en una nebulosa,  la memoria y la intención de que haya sido una desaparición más, una de las tantas, no la definitiva. Sigue la búsqueda de un personaje increíble.

Jorge Noro / [email protected]
Instagram: jsnfotoyvideo

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