Héctor Bollo, Malvinas y el básquet como eje para seguir
18:04 02/04/2025 | El bahiense es Veterano de la Guerra, sufrió la pérdida de su hermano allí y el deporte le permitió seguir adelante con su vida. Su historia.
Las historias de los Veteranos de Malvinas se cuentan de a miles, y si hay alguien al que el básquet lo salvó, ese es Héctor Bollo. Chiche fue radarista del Portaaviones ARA 25 de Mayo y fue allí junto a su hermano Juan Carlos, tripulante del ARA General Belgrano, fallecido en su hundimiento.
Y su relación con el básquet no fue muy lejana a la guerra, ya que comenzó a los 15 años y casi de manera accidental: “Empecé jugando en un club chiquito que hoy en día no tiene más básquet, Estrella de Oro, porque el presidente en ese momento quería algún jugador, nos vio altos a mí y a mi hermano para poder jugar y fuimos sin saber jugar al básquet. Nos gustó tanto a mí y a mi hermano que quedamos enganchados con el básquet, nos gustó muchísimo.
A su vez, agregó que “eramos chicos comunes de casa, teníamos el club Villa Mitre cerca, a unas cuadras, pero estábamos más cerca de ese club y como nos gustó jugar empezamos a ir ahí. Al tiempo nos llevaron a un club de acá cerquita, San Lorenzo del Sud, y tuve como primer director técnico en ese club, sabrán eso del sur, al Huevo Sánchez, que recién empezaba su carrera como director técnico. Así que aprendí muchísimo con él, pero muchísimo, una persona que le gusta siempre investigar, me acuerdo, hablaba de Yugoslavia, cómo era el básquet allá, esas charlas que teníamos a la noche con él, realmente me entusiasmaba mucho”.
Pero al tiempo cambió su vida al ingresar al ejército: “Fui con 17 años a ese club, terminé el secundario y en ese momento pasaban por una secuela los militares y ofrecían a los que querían entrar en la carrera militar, con el secundario nos daban un grado importante, eso fue en el 80. Así que, mi vecino de casa, que también jugábamos al básquet, fuimos a ver qué pasaba. Nos servía para tener un mango y poder estudiar. A nosotros nos gustaba la carrera de profesor de ciencia económica”.
Y aclaró que en ese momento “jugar al básquet para nosotros siempre es una distensión, una cosa así pasajera. No en forma profesional como es con mi hijo, Javier, que lo toma de esa forma, pero nosotros era más así de encontrarnos con amigos y jugar. Y bueno, cuando pasé a este club ya cambió un poquito. Era más exigente. Los directores tenían que entrenar más. Lo mío era mucho un juego de ganas que de técnica porque no la había aprendido de chico. Pero bueno, así que cuando ingresé a la Armada se me acortaban los tiempos”.
Ya en la armada todo cambió rápidamente: “En el año 81 es que estuve haciendo el curso en la Armada, pero igualmente pude jugar. En el 82 me hacen firmar un contrato por cuatro años en la Armada. Lo firmo. Mi hermano también lo firma. Y en marzo nos encontramos en medio de todo ese lío que es una guerra, el 28 de marzo zarpamos”.
Como radarista, Chiche fue uno de los primeros de su tripulación en enterarse que irían a recuperar las Malvinas: “A poco de zarpar, en una de las primeras navegaciones que hacía, nos informó que íbamos a recuperar Malvinas. Al poquito de navegar, cinco horas, nos informan porque nosotros estábamos en la parte de información, en combate. Hubo lugar de radar, de navegación, para dejar una idea de en qué lugar estábamos. Y era estratégico ese lugar. Y bueno, nos pidieron primero reserva, que no había que decir nada, y más adelante nos dijeron por altavoz que íbamos a recuperar Malvinas”.
Al principio lo tomaron con alegría: “Cuando nos enteramos que esto lo comentábamos con ellos, nos sentíamos que íbamos a ser los superhéroes de los argentinos, que íbamos a ser como San Martín, Belgrano, Güemes, Brown. Es lo que sentíamos, era muy joven, 20 años, uno no medía el peligro, no sabíamos lo que era una guerra”.
Y agregó: “En Chile habíamos estado ahí de una guerra unos años antes, pero tampoco llegó a nada. Esto pensábamos que era lo mismo, pero el 2 de abril, al mediodía, cuando nos informan que habíamos recuperado Malvinas, por supuesto cantamos el himno”.
En un primer regreso todo era alegría en Bahía Blanca: “Cuando llegamos de vuelta al cotidiano, porque nosotros recuperamos Malvinas y el 7 de abril, más o menos, llegamos a Puerto Belgrano, acá cerquita de Bahía, era todo bandera de Argentina. Veníamos caminando por la calle y la gente te saludaba, te gritaba. Era otro país, la gente estaba muy eufórica”.
Pero en Bahía Blanca, a diferencia de Buenos Aires, todo se frenó: “El básquet se había suspendido, pero veíamos que los partidos de fútbol se seguían jugando. Era medio raro, porque de Bahía Blanca hacia el sur era una cosa. Y de Bahía Blanca hacia el norte, o sea, más te lo digo, Buenos Aires, era un día de otra forma y en Buenos Aires era otra cosa. Así que, de esa forma fueron pasando esos 74 días que duró la guerra”.
La guerra lo marcó con el hundimiento del ARA General Belgrano, donde perdió a Juan Carlos, su hermano, que era parte allí. A su vez, también a su vecino y amigo Nilo Navas falleció allí junto a varios amigos más: “De los 15 caídos que tenemos en Bahía Blanca, 7 vivían acá en el barrio de Villa Mitre”.
Ese hundimiento marcó el final de la flota argentina en la guerra, volviendo todos a tierra firme: “Después de todas las navegaciones, llego a Bahía el 7, 8 de mayo porque la flota se guardó toda en Puerto Belgrano. Salvo dos o tres buques que quedaron navegando en el sur. El Belgrano marcó la guerra de una forma transversal porque la flota ya no salió más. No hubo más flota porque contra los submarinos nucleares que estaban en zona era imposible. Era imposible, era como nada. Los submarinos nucleares abajo del agua andan a 40 nudos y nosotros andábamos a 20”.
Su vuelta a la “normalidad” fue jugando al básquet en su San Lorenzo del Sur, pero le costó: “Estaba muy nervioso, muy acelerado, muy acelerado, continuamente me venían expulsando”. Pero esa etapa terminó al poco tiempo: “Creo que a partir del 83 por ahí creo que entré un poco a calmarme. Pero igualmente no es porque fui a un psicólogo o a un psiquiatra, nada, quedamos a la deriva. Nos entraron a la guerra, quedamos a la deriva y arréglense como puedan. A mí el básquet me dio una mano tremenda porque me ayudó a conseguir trabajo. Un club vino y me dijo ‘si vos jugás al básquet para mí yo te consigo un trabajo, ¿Qué trabajo? Cadete y mediodía. Bueno, cadete y mediodía, dámelo’. Quería trabajar porque si no, ¿qué hacía? Tenía 21, 22 años. Cuando me quedé para ir a buscar trabajo se me hacía muy difícil. Algún profesor me dijo de ser profesor de educación física, pero tenía que llevar el mango a mi casa. No éramos una familia pudiente, éramos una familia humilde, trabajadora, padre comerciante, pero ahí, con el mango siempre es justo”.
Y junto al básquet avanzó: “Jugué al básquet, después me sirvió para relacionarme con otro trabajo más, y así fui creciendo en lo laboral. Pero a mí el básquet me dio una mano tremenda, aparte de conocer gente, normalmente la gente que practica deporte es gente buena. También sirvió para bajar un poquito el hecho de que el club me dio una mano, o el club este en especial me dio una mano, me ayudó a insertarme dentro de la sociedad. Como muchos veteranos de guerra que vinieron conmigo, algunos han suicidado, otros han tenido enfermedades, producto del desgaste ese que sufre en la cabeza. Cuando uno va a una guerra es una cosa, pero cuando vuelve es otra.
Desde allí hasta 1991 jugó en San Lorenzo, Pueryrredón, Nacional. “El ambiente me trató bien. Creo que, inclusive los árbitros también, había un árbitro que era veterano de guerra, había estado en el Crucero Belgrano y había sido compañero de mi hermano. Creo que fue contemplativo, me tuvieron algo de paciencia. Incluso hoy en día, por ahí, vienen, te saludan, te saludan como que soy veterano de guerra, más que jugador.
Era un jugador con no mucha técnica, pero con mucha gana. Cuando empecé a jugar, en Estrella me pusieron de 5, pero cuando pasé al otro club, ya tenía que jugar un poquito más abierto, jugaba de 3, de 4. Y después, practicando muchas horas de cancha, de practicar, inclusive a veces solo tirando, llega a tener buen tiro de afuera. Y mi hermano era más grandote que yo, más ancho, la misma altura, 1,93 metros, y era más jugador de golpearse, como se golpea Javier.
Contando esto tan abierto, le costó mucho: “Cada veterano de guerra tuvo su tiempo. Claro. Pero esto viene producido, porque creo que cuando volvimos nos sentimos, o me hicieron sentir como el culpable de la derrota. Entonces hubo mucho de ocultar. Mucho no nos podíamos ocultar, porque primero mi hermano era un caído acá de Bahía Blanca, entonces mi apellido Bollo no era como un Pérez, un García, era medio como que ya estaba marcado. Entonces me costó 20 años”.
Para cerrar contó lo que es el básquet para él: “El básquet es un deporte para mí que me ayudó muchísimo y creo que sirve para la integración de los jóvenes. Sirve para que los chicos no estén en la calle, que estén dentro de un gimnasio. Creo que sirve para luchar contra la droga. Bien. Contra todas las cosas malas que hay en la sociedad. Para eso sirve el básquet o cualquier otro deporte. Aparte te da una disciplina, te enseña a trabajar en equipo, que eso es fundamental. No es lo individual, sino lo de trabajar en equipo. Eso es fundamental para el resto de tu vida”.
Una historia más de una guerra que marcó a muchos y que afianza aún más el grito de que las Malvinas son Argentinas.
Alejandro Malky / [email protected]
En X: @basquetplus
En X: @alemalky
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