El día que vi romperse Yugoslavia en el Luna Park
14:45 27/04/2026 | Gabriel Milovich, de origen montenegrino, nos regaló esta historia, conocida, pero desde la perspectiva de alguien que lo vivió de cerca.
Tuve el privilegio de representar a la Selección Argentina de Básquetbol en dos Mundiales inolvidables: el de 1986 en España y el de 1990 en Argentina. Y entre ambos torneos viví, casi sin saberlo, el antes y el después de una historia que luego conmovería al mundo del deporte.
En el Mundial de 1986 compartimos la misma zona clasificatoria con Yugoslavia. Coincidimos en Tenerife, luego en Oviedo y finalmente en Madrid. Incluso compartíamos hotel en Tenerife, y en aquella época el básquet tenía otro clima: mucho más relajado, más cercano, más humano. Era habitual convivir, conversar y compartir momentos fuera de la cancha entre jugadores de distintas selecciones.
Yo tenía además un vínculo especial con ellos por mi paso por Partizan Belgrado. En 1980, cuando entrené allí, el coach era Dušan Ivković, quien años más tarde también integró el cuerpo técnico de la selección yugoslava en 1986. Además, había compartido plantel con Dražen Dalipagić, lo que me permitió acercarme mucho a aquel grupo.
Recuerdo especialmente la relación entre Dražen Petrović, Vlade Divac y Stojko Vranković. Eran inseparables. Siempre juntos, entre bromas, charlas y camaradería. Se notaba una amistad genuina, una hermandad real. Por eso, años más tarde, cuando vi el documental Once Brothers, sentí que reflejaba exactamente lo que yo había visto de cerca.
Cuatro años después, en el Campeonato Mundial FIBA 1990, me tocó vivir el otro capítulo. Después de jugar mi último partido con Argentina frente a Australia, fui a ver la final al Luna Park desde una platea privilegiada, justo enfrente del aro donde Yugoslavia terminaría festejando el título.
Cuando el partido estaba definido, vi subir a la tribuna a dos hombres jóvenes con una bandera croata. Se ubicaron dos o tres escalones debajo mío y comenzaron a hablar entre ellos con una actitud claramente premeditada. No escuchaba lo que decían, pero era evidente que planeaban ingresar a la cancha.
Por mi historia familiar, descendiente de montenegrinos, por mi relación con la colectividad yugoslava en el Chaco y por haber convivido con ellos, entendí que esa bandera en ese momento no era un detalle menor. Había tensión detrás de ese gesto. Segundos después bajaron a la cancha y ocurrió la escena que recorrió el mundo: Vlade Divac quitando la bandera croata en pleno festejo.
Con el tiempo comprendimos que aquello no fue solo un incidente deportivo. Fue la imagen simbólica de una ruptura política, social y humana que poco después desintegraría a Yugoslavia. Yo tuve la rara oportunidad de ver las dos caras de esa historia: primero la hermandad en 1986, y después la fractura en 1990. Por eso nunca olvidé aquella noche en el Luna Park.
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