Diario de viaje, día 1

60 horas que valieron la pena

12:44 12/09/2019 | Fueron 5 aviones, 1 tren y dos taxis para llegar al partido de cuartos de final desde Argentina. Todo, todo, se vio justificado por el final.

Con RaeRui, mi nueva amiga
La decisión no era fácil. El tramo desde Buenos Aires hasta Shangai arrancaba en 52 horas y, si Argentina se metía primera en la segunda fase y llegaba a Dongguan, se estiraba a 60 horas. ¿Valía la pena, el desgaste, el hambre? La respuesta se dio automáticamente: sí. 
 
Fue entonces que el sábado 7/9, a las 17hs, un Cabify (no es chivo) me llevó de mi casa a Ezeiza para arrancar el periplo, solo con un carry on y una mochila como equipaje. Todo lo liviano que pudiera estar era importante. El periplo incluía: Buenos Aires-Atlanta, escala, Atlanta-Los Ángeles, escala -14 hs-, Los Ángeles-Xiamen, escala, Xiamen-Shangai. Ahí, dependía de lo que ocurriera con Argentina-Polonia, que se jugaba mientras yo volaba de Atlanta a LA. 
 
Hasta Atlanta todo ok, luego me enteré en el vuelo (wasap free) que Argentina había ganado, por lo que al viaje tenía que agregarle: vuelo Shangai-Shenzhen, tren Shenzhen-Dongguan y taxi al hotel y luego a la cancha. Pero pasar de 52 horas a 60 ya a esta altura no me modificaba demasiado. 
 
Al llegar a LA empezó la parte más dura. Como no hay lockers en el aeropuerto, todo mi paseo por Venice Beach, Santa Mónica y Beverly Hills tuve que hacerlo con el carry on encima, que fue bueno para aumentar mi cansancio con vistas a los viajes que se venían encima. Embarcado en LA, me tocó de vecina una china de nacimiento, pero residente en Estados Unidos, con su beba RaeRui, que con 6 meses sumaba su 10º experiencia en el aire. Una crack. Wendi, su madre, quizo disculparse mil veces por las molestias que acarrearía su hija, pero la verdad es que la niña se portó mil puntos. E hicimos una gran amistad. 
 
Wendi me tiró algunos tips de China y hasta me quiso regalar 200 yuanes porque no aceptaba que llegara sin dinero chino a su país. Obviamente, solo acepté a cambio de darle los dólares correspondientes. Sería el primero de una larga serie de gestos de gente china súper cordial, amable y generosa para ayudar en lo que hiciera falta. Por ejemplo, en la escala en Xiamen, donde en 1h10m tenía que hacer migraciones y volver a tomar otro vuelo a Shangai. Un pasajero que tenía el mismo problema en todo tiempo se quedó pegado a mí para que fuéramos más rápido mientras él hacía los trámites para avanzar más velozmente. Decidicamente, de todos modos, estaba tranquilo. Nada podía salir mal. La cuenta era 5 aviones + 1 tren + 2 taxis. Venía bien, con 3 vuelos sin incidentes. No iba a fallar. 
 
Conseguí llegar a mi vuelo con mi amigo chino y aterrizar en Shangai a tiempo para tomar la combinación a Shenzhen, sacada en el aeropuerto de Los Ángeles, casi dos horas después. Impresiona mirar la última media hora de vuelo antes de llegar a Shangai: miles y miles de fábricas, una al lado de la otra, por kilómetros y kilómetros. Aquí se fabrica el mundo.  
 
Faltaba un vuelo, 1 tren y 2 taxis. Shangai-Shenzhen me dejó las mismas sensaciones de estar en una China totalmente distinta a la del 2008, cuando los Juegos Olímpicos: limpieza, modernidad, tecnología, infraestructura. Impresionante. Compartí vuelo con 15 serbios que habían viajado a China con todo sacado para Shangai, seguros de que les tocarían los cuartos ahí. Así que venían conmigo sin entradas ni hotel, a ver cómo se las arreglaban para entrar contra Argentina. No sabían que todavía no habían pasado lo peor. Al llegar a Shenzhen, otra demostración de amabilidad local me permitió tomar el taxi correspondiente para la estación de trenes, donde ya tenía sacado el ticket a Dongguan. Tachero que hablaba inglés, combinación perfecta. El muchacho me contó que podía tener problemas de tránsito para llegar a tiempo a la estación, porque en Shenzhen hay 4 millones de automóviles. ¿What? Sí, 4 millones para 17 millones de habitantes. Ahí recordé las palabras de Wendi en el avión: para nosotros, una ciudad de 700.000 habitantes es un pueblo. 
 
En ese momento de agarró un ataque de reflexión. Soy uno de los que se pone de mal humor cuando va de turista a algún sitio y se encuentra con ordas de chinos en absolutamente todos los lugares del mundo. Dicen que en unos pocos años, 200 millones viajarán anualmente como turistas. Entonces pensé: ¿qué pasaría si en el mundo hubiese 1300 millones de argentinos en vez de chinos y cuando uno fuera de viaje se encontrara con ordas de argentinos en vez de chinos? Inmediatemente censuré mi pensamiento. Era demasiado violento. 
 
Mi amigo Juan, el chino de mi barrio en Buenos Aires, ya me había anticipado que si iba a esa zona era de mucho dinero y riqueza: “Todos ricos en Cantón, todos plata”. A Flor, su esposa, una china no muy simpática, le cambió la onda conmigo cuando le dije que venía a China. Me cazó el teléfono, agarró Google Maps y me empezó a mostrar dónde había nacido, dónde había conocido a Juan y dónde se habían casado. Al menos, me dí cuenta que tenía sentimientos.
 
En la estación perdí el tren original, pero el boleto servía para el siguiente, por lo que no hubo grandes historias. Eran las 14.30 del día del partido contra Serbia, que empezaba a las 17. Robertito Martín ya me había hecho el upgrade de mi credencial para habilitarla para cuartos de final, y me aguardaba con ella The Legend, Juan Daniel Cisneros, más conocido como Canasta. 
 
El tren de alta velocidad de Shenzhen a Dongguan me hizo preguntar, como cada vez que tomo un buen tren, por qué no podemos tener algunos así en Argentina, un país extenso, no tanto como China, pero extenso al fin. Es una forma de viajar súper agradable y evita el stress y el tiempo que muchas veces se pierde yendo a aeropuertos. En fin.
 
Arribado a Dongguan, solo tuve que zafar de varios taxistas truchos que había a la salida ofreciendo sus servicios para llevarme donde fuera. Había tomado la precaución de anotar el nombre de mi hotel en chino, así que no me dejé apurar. Preferí un taxi hecho pelota pero real, que en media hora me dejó en el hotel, donde me esperaba Matías Cisneros, hijo de Canasta, para pagarlo, ya que me había quedado sin plata china, usada en el taxi de Shenzhen. Canasta me había alertado: es un drama conseguir dinero porque no hay cajeros. Entré al hotel Tangla donde nos hospedamos y casi fui mordido por dos cajeros automáticos que había en el propio hotel. No ha cambiado nada, pensé para mis adentros. Eran las 16.30 y no había tiempo para mucho. Ducha, reacomodamiento, tirar la valija por ahí y a la cancha. Al bajar al lobby, Canasta me esperaba con la credencial. Se habían cumplido 60 horas desde la salida de mi casa el sábado a la tarde. Pero estaba feliz. Algo en mi interior me decía que este sacrificio iba a valer la pena.
 
Fabián García / [email protected]
Enviado especial a China
En Twitter: @basquetplus
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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