Ginóbili y el doble más épico de la historia: la palomita cumple 21 años
08:48 15/08/2025 | Desde aquel 15 de agosto de 2004 hasta la eternidad, recordaremos aquella definición divina ante Serbia y Montenegro en Atenas. Mucho más que un doble.
El 15 de agosto de 2004, la Selección Argentina de básquet comenzó su camino olímpico en Atenas con un duelo cargado de historia ante Serbia y Montenegro, sucesora de la Yugoslavia que dos años antes le había arrebatado el título mundial en Indianápolis. La derrota de 2002, marcada por la polémica y la impotencia de un Manu Ginóbili lesionado, había dejado una herida abierta en la Generación Dorada. El sorteo del grupo olímpico les ofreció la revancha en el primer partido, una oportunidad que no pensaban desperdiciar.
El encuentro fue intenso, con dominio albiceleste en buena parte, pero también con la amenaza constante de los balcánicos, encabezados por el temible Dejan Bodiroga. Faltando segundos para el cierre, un tiro libre de Dejan Tomasevic puso a Serbia y Montenegro al frente por un punto, dejando a Argentina apenas 3,8 segundos para responder. Sin tiempos muertos, Andrés Nocioni sacó rápido desde el fondo hacia Alejandro Montecchia, quien avanzó y, en una fracción de segundo, encontró a Ginóbili corriendo en el carril izquierdo. Con 1,5 segundos en el reloj, el bahiense lanzó una bandeja acrobática que golpeó el tablero y entró, desatando un festejo tan desbordante como necesario.
Ese doble, conocido como la palomita, no fue un simple cierre agónico: fue la síntesis de una revancha esperada, de un ajuste de cuentas con el destino y de la confirmación del carácter de un equipo que no se rendía. Ginóbili, quien en Indianápolis apenas pudo aportar por su tobillo lesionado, se convirtió en el héroe absoluto, sellando una de las jugadas más icónicas del deporte argentino. Por la carga emocional, la dificultad técnica —tomar un pase en carrera, con marca y en un ángulo incómodo— y el contexto histórico, muchos lo consideran el tiro más épico en la historia del básquet argentino.
Más allá de los dos puntos y del triunfo inicial en Atenas, la palomita fue el combustible anímico para todo lo que vendría: la sufrida victoria ante Grecia, la semifinal histórica frente a Estados Unidos y el oro contra Italia. Sin ese instante de inspiración y coraje, quizás el recorrido hubiera sido otro. Veintiún años después, la imagen de Manu suspendido en el aire sigue viva, no solo como recuerdo de una jugada, sino como símbolo eterno de una generación que cambió la historia del básquet mundial.
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