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Nº 99 - Agosto 2010
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Diario de Viaje

05/09 | Día 12 - 5 de septiembre de 2009

Perdido en el Viejo San Juan

La lluvia no nos impidió al terceto más mentado hacer una visita que teníamos postergada, aún no sé bien por qué. Pero el destino quiso que nos separáramos. Horas de caminata que valieron la pena.

Creo que el guardaparque Smith, del Oso Yogui se inspiró en este guía del castillo de San Cristobal. Y Bubu también.

¿Por qué dejé la recorrida al Viejo San Juan para el día 12 de mi estadía? Porque el viajero no frecuente no tiene poder de evaluación. Se deja llevar por los comentarios, y cada vez que pregunté a algún colega o jugador si habían ido al Viejo San Juan, todos me respondieron: "Sí, está buenísimo, tenés un outlet de Gap y otro de Tommy no sé cuánto".

Pese a todo, hoy decidimos (ya no necesito decir de quiénes hablo cuando lo hago en plural) ir temprano a ese lugar lleno de historia. La lluvia no invitaba, pero emprendimos igual la marcha hacia uno de los primeros lugares que pisó Colón en las Indias Occidentales. Y no nos equivocamos. Todo el Viejo San Juan es asombrosamente bello. Además de ese aire a San Telmo, los castillos no tienen desperdicio. Arrancamos por el de San Cristobal, una fortificación de unos 375 años (la más grande construida por los españoles en el Nuevo Mundo) llena de túneles. Por fortuna, llegamos justo cuando salía una recorrida con un guía vestido a la usanza del guardiaparques del Oso Yogui, pero preguntón como Bubu. Cada dos minutos nos tomaba examen: "¿Ustedes qué creen, dónde estamos parados?" o "¿Cuántos soldados creen que pasaron el primer muro del castillo?". A pesar de que le pedimos multiple choice porque no cachamos un fulbo y no aceptó, el guardiaparques del Oso Yogui resultó ser un excelente guía, que además se bancó sin chistar los 301.000 comentarios estúpidos que hicimnos Julián Mozo y yo. Florencia Cordero, fiel a su bajo perfil, se abstuvo de sumarse a la estudiantina.

Luego enfilamos para el casco histórico, atravesado por callecitas angostas empedradas, negocios de suouvenirs y frentes de casas muy coloridos, en donde la gente los fines de semana sale a dar la vuelta al perro. Paseamos un rato y nos mantuvimos unidos hasta que en un momento, perdí a mis compañeros. Como la idea era visitar el castillo de San Felipe del Morro, puse proa hacia allí, sin prisa pero con alguna pausa. En el camino pasé por un hotel con un patio interior increíble, colonial, y ambientado con música y estilo español, y también me compré un instrumento artesanal que reproduce un sonido fantasmagórico como de tormenta, imposible de describir con palabras (el sonido, el instrumento es un cilindro hueco de madera, con una tapa de un plástico flexible y un resorte largo). Despacito, como Manuelita, llegué al otro castillo (en realidad son fuertes, pero bueno, acá les dicen castillos, como a Cátulo, a Chocolatín o a Alberto) con la ilusión de encontrar a mis compañeros de aventuras dentro. Pero nones. Hice la recorrida por los seis niveles del castillo solito.

Así como el de San Cristóbal es el fuerte de los túneles, el de San Felipe del Morro es el de las escaleras. Hay que ir preparado para ese ascenso al sexto nivel, porque las escaleras son interminables, como las del Monumental para subir a la San Martín Alta, con la diferencia que aquí, cuando uno llega puede ver paisajes maravillosos y reliquias que son Patrimonio de la Humanidad, mientras que en la San Martín Alta uno puede ver a Archubi y a Augusto Fernández.

En el Morro (como ya estamos cancheros lo llamamos así) existen además algunos cañones del siglo XVIII y en el nivel cuatro hay uno que conserva los elementos originales para hacerlo funcionar. Acompaña al cañón una especie de manual titulado "Cómo disparar un cañón", que tiene trece pasos sencillos, pero fue el último el que me llamó la atención: "Rézele (textual) a Santa Bárbara, patrona de los artilleros tan frecuentemente como desee para asegurar el bienestar de la dotación del cañón". Científico ciento por ciento.

Cuado salí me topé con una especie de tren de la alegría, pero que en lugar de tener al Hombre Araña o a Minnie  y llevar chicos tocando la pandereta como en San Bernardo, lleva turistas entre el casco central del pueblo y el Morro. Ya era tarde.

Después de 4 horas y media de deambular por el Viejo San Juan, cansado y solo, volví al hotel y me enteré que la dupla Mozo-Cordero estuvo yendo y viniendo en mi búsqueda, pero que no fueron al Morro, por lo que les saqué una pequeña ventaja. Y eso, para el viajero no frecuente, es un motivo de satisfacción. Concluí un día casi perfecto, ya que lo pasé sin provocar ninguna laceración en mis pies, aunque la selección perdió por la noche contra Puerto Rico, y hubo que bancarse bailecitos de pseudoperiodistas en el palco de prensa. "No te vi bailando hace dos días", le dije, muy tentado de agregar una coma y un adjetivo más explosivo, a un pelado que se sienta delante de mí. Pero lo repensé, sonreí y me fui a la zona mixta a que Pablo Prigioni me explicara porqué esta vez no se pudo ganar.

Gustavo Dejtiar / Enviado especial a San Juan de Puerto Rico / gustavodejtiar@basquetplus.com

 

 
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